Sangre de Jueves Santo
Así, como solía hacer ella. Con ávidas dentelladas devoró esta mañana su ración de carne guisada, quebrando huesos con sus dientes. Huesos que a veces son de cabra, y otras de cerdo. Hoy es jueves, 9 de abril de 2020. Los cristianos celebran el Jueves Santo y todo el mundo está en cuarentena. Hoy era un día como otro cualquiera para ella, que, gustosa, después del banquete, reposó su cuerpo de chocolate sobre la fresca hierba verde, haciendo la digestión y calentándose al sol: “barriguita llena, corazón contento”. El cielo azul añil, transitado por esponjosas nubes blancas, ni de lejos, parecía anunciar lo que acontecería después.
La luz dorada del sol se extendía por el espacio, bañando la tierra, y convertía la vista de aquel paisaje abierto hacia el horizonte en un momento de ensueño: la primavera primorosa, llena de flores, lucía hermosa, y animada por el trino de los pájaros cantores. Era un baile de colores lleno de vida. Una decena de pollitos que piaban, desfilaba tras la quícara que los llevaba a comer lombrices, serpenteantes en la tierra que oreaba al aire; un baifito balaba por la última gota de leche que quedó en la teta del biberón del que mamó; y el hombre labraba la tierra para que aquel Edén, cercado de hierro, siguiera alimentándonos de frutas, verduras y hortalizas cultivadas con sudor, esmero y amor.
Ella, sentada sobre sus patas, contemplaba el basto vergel, apaciguada; observarla con ese hábito adorable encantaba a cualquiera, mas fue apariencia de segundos, pues, pronta, tornó a correr como una gacela, jugando con sus iguales a no ser ella la presa.
De un lado a otro, los tres perros corrieron por la finca. Mira -de Gazmira- aguardaba detrás siempre, tímida y joven cachorrona, asustadiza, más cuerpo que maldad; Peter, de pelo rubio, liso y alto, ágil, pero torpe aún, se prestaba al juego de la batalla con Mariana, retadora incansable. Saltaron muros y subieron escaleras, se hicieron giros de izquierda y ataques por la derecha, corrieron tras las gallinas y los pavos, con cautela por los conocidos picotazos, pisotearon algunos surcos de papas y rodearon a Toby, levantando polvo, pero guardando la distancia, respetando siempre al jefe. Echadito bajo el duraznero, con sus ojos de miel perfilados de negro y su bonito pelaje dorado del sol, observaba Toby la escena sin mucho interés. Al veterano superviviente de aquellas tierras le costó sangre y unos buenos zarandeos ganarse el puesto, pues más sabe el diablo por viejo que por diablo. Estos perros parecen estar hechos de hierro, ¿o será la sangre heredada la que los convierte en guerreros?
De cencerros y balidos se inundó el aire, y al instante el camino estaba lleno de cabras y cabrones. Como perros ensanguinados, corrieron hasta la valla. Todos, menos Toby, como perros ensanguinados, repito. Las cabritas comían en medio del camino y los miraban atónitas, sin dejar de masticar, bien juntitas todas, como la paja comprimida en una paca.
¿Qué pudo pasar de repente?, ¿qué fue lo que ocurrió?
Solo la cabrera lo sabe, porque ella fue la única que lo vio, si es que lo vio, porque los perros no hablan y la cabrera se marchó sin decir nada.
Toby alertó con sus ladridos a Jose, el verdadero Jefe de la manada. Para cuando Jose llegó al escenario, Peter, manchado de sangre, estaba acorralado por Toby, mientras Mira, la sostenía como a un conejo entre sus fauces. Temiendo lo peor, saltó a la tierra Jose, con las manos en la cabeza y los ojos llenos de lágrimas, chillando para distraer a la bestia y lograr que soltara la presa. Cayó Mariana sobre la hierba verde, herida de muerte. Un arroyo de sangre caliente manaba de su cuello. La tomó en sus brazos y los demás se retiraron, observando desde lejos. Examinó su cuerpo y halló las heridas: una mordida en el pecho y otra certera en el cuello. Todavía respiraba, aunque estaba muy débil, se desangraba sin remedio.
¿Qué pudo pasar de repente?, ¿qué fue lo que ocurrió?
Sonó mi teléfono mientras apilaba libros y fotos de infancia en la habitación de mi hermana, no esperaba esa llamada, no esperaba esa noticia. Entre lágrimas conduje ansiosa y desolada, culpable. Esos ojitos de alpispa, avellanados y curiosos, siempre al acecho, se secaban poco a poco y yo no llegaba a tiempo para decirle adiós.
Toby me recibió y, tras él, apareció Jose. Abrió la puerta y corrí a buscarla vestida de pena, lamentos y lágrimas saladas. Peter, manchado de sangre y desubicado; Mira, asustada, amarrada, apestada y condenada con cadenas y candados. Ella, del otro lado, cubierta por una caja de cartón, yacía sin vida. Me arrodillé ante su cuerpecito inerte y lloramos su muerte desconsolados. Yo, culpable por habernos separado, y Jose, deshecho por no haberlo impedido. La envolví en una colcha blanca de soles y estrellas cosidos, que tantas veces mordió cuando vivíamos juntas. Cargué su cuerpo, me manché con su sangre y la traje a casa. Mi hermana, mi madre y su marido nos esperaban. El coro familiar de llantos sonoros y silenciosos era sobrecogedor. Un hoyo cavó Pepe el Tortilla en el huerto y en su interior la deposité. La cubrí de tierra con las manos y esparcimos flores sobre su tumba, prendimos velas y pusimos una tablilla de madera con su nombre, hecha por Isaura, que tanto la quería. Allí nos quedamos un rato, pensándola llena de vida y llorándola, ahora muerta.
Mariana, cachorrita callejera, habitante de cuneta, ¿de dónde viniste?, ¿dónde naciste? Alguien te salvó de los peligros de la carretera y recluida quedaste con más perros en un refugio, en mitad de la montaña lagunera, esperando sin saber bien el qué. Vi tu carita triste en el catálogo de perros del refugio, el rabo tieso y el cuerpito chico. Me enamoré de ti y fui a buscarte. La familia Zamora creció siempre acompañada de perros y, entonces, que la soledad me acechaba, quise tener un amigo incondicional para juntos ahuyentarla y brindarnos cariño, complicidad y compañía. Acepté concienzudamente esta relación de compromiso, haciendo gala de principios ornamentados de palabrería hermosa. La realidad es que fallé, fui egoísta, perdóname, Mariana, perdóname. ¿Y ahora qué? Cuando todo termina y ya nada se puede hacer para enmendar los errores del pasado, la culpa me destroza y atormenta. Es duro el trabajo de perdonarnos a nosotros mismos.
Nos hicimos felices la mayor parte del tiempo, fuiste la alegría que inundó mi casa de vida, regocijo y jolgorio de juegos, ladridos, salidas y paseos, explorando juntas las tierras de Bajamar y el mar. Nos fuimos conociendo e hicimos familia. Te consentimos, todos los que te conocimos. Guardaste mis secretos, pues todo lo que en casa acontecía viste y oíste. Si los perros hablaran… Perdí la cuenta de las veces que tuve que comprar cholas de playa, tu postre preferido.
En la corta vida de Mariana, anotó numerosos escándalos: hurtos descarados de alimentos olorosos y sabrosas piezas de repostería; persecuciones a aves por tierra y mar; alborotos públicos en corrales, plazas, paseos, playas y bares; alteración de la calma de personas muy tranquilas y poco amorosas con los animales; ladridos a osos de peluche gigantes; abandonos del hogar; peleas callejeras; vandalismo y asesinato de peluches.
Maricuki tenía una gran personalidad canina, brincaba hasta metro y medio de altura, noqueando a quien hallara despistado y divertía a los que compartían el mismo ritmo, viviendo acelerados. ¿Los perros se parecen a sus dueños o los dueños se parecen a sus perros? Mariana tenía cosas mías y yo tenía cosas de Mariana. Cuatro patas y un rabo de pelo chico. Una lengua húmeda, suave y rosa que lamía el aceite de almendras de mi piel cuando salía de la ducha y una quijada de dientes diminutos que mordisqueaban mis manos cuando ignoraba su necesidad de atención. Voz fina, rotunda e insistente. Apariencia angelical y alma de valiente. Salió caro el cambio de una prisión de cemento por la libertad de un campo abierto y la compañía de otros perros. Fuiste feliz, estabas contenta y bien alimentada de aguacates, papas bonitas recién cavadas, huevos, plátanos y pan seco, pienso también comías, pero nuestros manjares eran más deliciosos que esos granos secos.
Te vi la víspera de tu muerte, más rubia y hermosa, llenita de tierra, fuerte y cariñosa. Ese hocico chico y gracioso, carnavalesco, ni adrede hubiera quedado tan perfecto. El Teide pintado de blanco en el cogote y un enanito de La Palma enmarcándote el ojete del trasero. Casi cuatro años y varias residencias.
Fieles guardianes son los perros. Mi lealtad no fue como la tuya hacia mí. De todos los verbos, tú fuiste el movimiento. Ni primavera que altere la sangre ni nada parecido a esta pipiolilla revoltosa de cuatro patas a la que le hervía la sangre. La discreción no era nuestra mejor cualidad. Siempre fiel a mi llegada, recibiéndome como a la estrella más esperada. Creo que no tendré más perros, ahora sé que una relación canina no se establece con palabras sino con hechos. Hasta siempre, mi querida Mariana.
Angie Soleil
No hay comentarios:
Publicar un comentario